Los sacerdotes Domingo Bresci y José María “Pichi” Meisegeier, la secretaria de Redacción de Tiempo María Sucarrat y Ricardo Capelli, amigo personal de Mugica, debatieron en torno a su figura en el marco del ciclo Ellos pensaron. A Carlos Mugica lo parieron para obispo, en cunita aristocrática de Barrio Norte, papá conservador, mamá terrateniente. Octubre de 1930.
Aunque eligió los arrabales por fuera de su clase.
Fue cura, sí. Pero peronista y villero.
A Carlos Mugica lo fusilaron para silenciarlo, en la puerta de una parroquia popular del barrio de Mataderos, lo lloraron sus hermanos de la Villa 31, sus compañeros del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, amigos y militantes, y sus adorados padres, también. Mayo de 1974.
El recorrido por su vida, aquella que fue de la nursery afrancesada al barro de los desposeídos; del antiperonismo acérrimo a su devoción expresa por la causa nacional y popular, encontró el pasado viernes 1, durante más de tres horas, un –otro– justo reconocimiento en el Palais de Glace, en la exposición que homenajea al Pensamiento y al Compromiso Nacional. Primero fue el turno de la proyección de la película Padre Mugica, de Gabriel Mariotto y Gustavo Gordillo, que narra su historia, atravesada por testimonios de contemporáneos que caminaron junto con él en distintos momentos de su vida. Luego, ante un auditorio colmando, un panel integrado por el cura Domingo Bresci, –ex compañero del seminario de Villa Devoto de Mugica, amigo y cofundador del grupo de los tercermundistas–; por el sacerdote José María “Pichi” Meisegeier –también ex miembro de aquel movimiento de curas católicos de finales de los ’60, y quien tuvo a su cargo continuar la misión pastoral del padre Carlos en la 31, luego de su muerte–; por la periodista María Sucarrat, –autora de la biografía El inocente, vida pasión y muerte de Carlos Mugica y Secretaria General de Redacción de Tiempo Argentino–, y por Ricardo Capelli, amigo, compañero de militancia y testigo y víctima de las balas criminales de los sicarios de la Tripe A que asesinaron al sacerdote y lo dejaron a él herido de gravedad.
Dijo Bresci, entonces, como primer orador: “Considero a la trayectoria de Carlos como una parábola que transita desde una visión antinacional, antipopular y europeizante, que desemboca al final de su vida en una entusiasta adhesión a la casa nacional, popular y latinoamericana. Esta parábola tenemos que entenderla como el tránsito del antiperonismo y su vinculación con aquellos que derrocaron a Perón, que era la visión y la acción de la clase a la que él pertenecía, allá por los ’50, a su fanática adhesión al peronismo con Perón, de los ’70.”
Bresci sintetizó aspectos salientes de una vida excepcional. El acercamiento de Mugica a los sectores populares durante la misión evangélica que encaró, siendo seminarista, en los conventillos cercanos a Once; fue ahí que Carlos experimentó el primer punto de ruptura que cambió para siempre el destino de su vida: ver en los rostros del pueblo, los pobres, los laburantes, el desasosiego tras el derrocamiento de Perón, su exilio, la proscripción y persecución de la que eran víctimas miles y miles de compatriotas. Entendió que el equivocado era él. Entendió, también, la épica de ese proceso incomparable que fue la resistencia peronista. Aquel dolor, esa lucha, la fue descubriendo como propia. Contó Bresci cómo Mugica incursionó con curas y laicos en su aproximación al marxismo, a través de lecturas, análisis y reuniones con personas que eran de izquierda. “Él era referente del diálogo entre católicos y marxistas, y puedo dar testimonio de que Carlos era devoto de Mao y del Che”, señaló. Relató también cómo Mugica se fue “amalgamando” con el proceso de los años sesenta en que la clase media se fue volcando a la participación social, a concepciones nacionales. “Ese cambio influye en él, –continuó– nosotros leíamos a estos pensadores, sacábamos ideas, alimentábamos nuestros pensamientos en ellos.” Y ellos son algunos de los protagonistas de la muestra del Palais de Glace, los intelectuales del pensamiento nacional, de revisionismo histórico: Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz, Juan José Hernández Arregui, José María Rosa, Rodolfo Puiggrós, José Abelardo Ramos, John William Cooke, y Fermín Chávez, entre otros.
Su profunda vocación religiosa y evangélica, el descubrimiento de ese Cristo que entregó su vida por los otros “para que todos y cada uno de los hombres se pudieran realizar plenamente desde la tierra” fueron claves en la transformación de Mugica, explicó Bresci.
Como también el Concilio Vaticano segundo, el encuentro de Medellín, “donde nos proponíamos ayudar a que se fuera manifestando una iglesia encarnada en la historia y servidora de los pobres. Ese era el núcleo vital que lo nutría a Carlos, que se fue consolidando con ese compartir con otros, con su visión humanista.” A su lado, Pichi asentía en silencio cada palabra de su colega.
La vida de Mugica iba siendo contada, paso a paso, por su compañero: en el ’66, Carlos adhiere públicamente a una solicitada en repudio a la invasión de los Estados Unidos a Vietnam; en el ’67 viaja a Bolivia, con la anuencia del hermano de Ernesto Guevara viejo compañero de estudios, a intentar repatriar sin éxito los restos del Che; de allí vuela a París, donde lo encuentra el Mayo Francés; y es entonces, por aquellos meses, que tiene su primera entrevista con Juan Perón en Puerta de Hierro, Madrid. Luego el destino será Cuba, vía Praga, invitado por Cooke.
Mugica ya no sería obispo. Estaba claro.
Para entonces ya había visitado el norte santafesino con un grupo de estudiantes católicos, entre ellos Graciela Daleo, Gustavo Ramus y Mario Firmenich, que años más tarde serían parte del grupo fundacional de Montoneros. Aquella experiencia marcó las miserables condiciones de supervivencia de los hacheros, la explotación más descarnada. Fue en esas noches santafesinas de fogón y discusión política cuando se puso en consideración la violencia de los de abajo contra la opresión de los de arriba. Bresci sólo dijo, por cierto, en relación a aquella experiencia, “entonces se hablaron temas fuertes”.
Cuando Pichi Meisegeier tomó la palabra fue breve. Rescató una anécdota de la memoria para describir a Mugica: “Por su coherencia de vida y la valentía de Carlos recordamos el sobrenombre que tenía en el seminario de Villa Devoto, ‘la bestia’, porque era una bestia para jugar al fútbol, para estudiar, para rezar y para preparar su sacerdocio”. Recordó Pichi que, durante el Onganiato, una veintena de curas villeros mantuvieron una reunión con el Cardenal Aramburu y varios militares y funcionarios en la que se les explicaría la Ley 16.605, de erradicación de villas de emergencia. En el encuentro, una funcionaria –“una trabajadora social sargentona”– explicó cómo funcionarían los núcleos habitacionales transitorios donde mudarían a los residentes de las villas antes de darles una vivienda definitiva. El objetivo, recordó Meisegeier, lo explicó la mujer: “Hará que los villeros adquieran pautas urbanas de comportamiento humanos.” No bastó una palabra más. Sigue Pichi: “Se levanta Carlos, con fuerza de bestia, y le grita ‘¡No le permito que hable así de mis hermanos villeros, acá se creen ustedes que porque viven en la villa son animales!’ Se levantó el Cardenal: “Nos vamos, y se acabó la reunión.” Agregó: “Carlos era valiente y corajudo en medio de la represión. Sabía dar la cara por sus hermanos y hermanas villeros. Él tenía un compromiso muy grande.” Y concluyó el sacerdote citando a Evita, como decía ella “no tenemos que bajar hacia los pobres, tenemos que saber subir con el pueblo, junto a los que sufren, a los que están solos, en las casas tomadas, en los conventillos, no como lo peor de la política, que no saben subir con el pueblo, sino que van a buscar clientes. Mi compromiso, mi deseo es que sepamos trabajar desde el pueblo para estar al lado de los que más sufren como hizo Jesús y como hizo el padre Carlos.”
Ahora la palabra le corresponde a Sucarrat, que retomó lo expresado por Pichi para hacer un racconto de las necesidades que atraviesan los habitantes de la Villa 31, de cómo el gobierno de Mauricio Macri en pos de las obras de urbanización que fueron anunciadas allí donde Mugica predicó, donde fundió su vida con la de los humildes, donde yacen sus restos, las necesidades de más de 26 personas son similares a aquellas por las que levantaba su voz “la bestia” en los ’60 y principios de los ’70.
Sucarrat comentó que la investigación sobre la vida del sacerdote le permitió comprender que Mugica tenía “una superestructura profundamente religiosa, y desde allí, él se manejó como hombre, como amigo, militante, compañero y hermano villero. Lo que se reflejó en todas las etapas de su vida.” La periodista puso el foco en el ejemplo que fue la vida del sacerdote y cómo aquel compromiso llega al presente: “Mugica dejó una semilla muy importante. Hoy hay muchísimos Mugicas invisibles en la Argentina. Quizá no sea fácil encontrarlos porque ellos están donde nosotros no vamos, allá, en esas calles de tierra, en alguna iglesia chiquita del Conurbano, hay cientos de Mugica, que quizá no tengan el tesón o la facilidad que tuvieron los Sacerdotes para el Tercer Mundo para dar a conocer su obra, la presencia que ellos tuvieron en los medios de comunicación. Hoy los medios no se fijan ni dan valor a esa tarea. Es por eso que el ejemplo de Carlos que podemos seguir es acercarnos con trabajo para ver las necesidades tremendas y crueles, como en ese momento fue para Mugica o para Pichi.” Y continuó: “Su herencia es el coraje de haber dado la vida por el otro, quizá en esta época, que no son los ’70, como dijo Domingo (Bresci) estamos en la construcción de un nuevo sujeto histórico, y es más fácil acercarnos, colaborar, construir, porque la personas humildes que viven en las villas siguen teniendo los mismos problemas.” Destacó, además, que si bien existe la Asigación Universal por Hijo y eso es un gran respaldo, lo importante es la presencia y la acción en los lugares donde hay una necesidad.
“El recorrido por la vida de Carlos Mugica me permitió conocer algunas personas, todas ellas increíblemente inteligentes, corajudas, personas que no parecen ser de la cotidianeidad. A muchísimos actores invisibles que han pasado por situaciones que han pasado ellos (Bresci, Pichi) o Ricardo (Capelli) y que hoy no se los conoce demasiado. Biografiar a todos los integrantes del Movimiento Sacerdotes para el Tercer Mundo, muchos Carlos Mugica más.” Sucarrat lamentó que los asesinos del sacerdote Almirón y Morales hayan muerto sin haber sido condenados por la justicia. Capelli respaldó sus palabras. Y arrancó con el recuerdo de su amigo. Le puso humor a la memoria: “Carlos tenía una pinta bárbara. Con el hermano le decíamos que nos alquilara el confesionario porque siempre había una hilera de minas impresionantes que esperaban para confesarse con él.” Fue desgranando anécdotas compartidas que ilustraron el compromiso cotidiano de Mugica con su fe y su militancia. Dijo Capelli: “Carlos era religiosamente cristiano, muy cristiano, para él, como para mí, Cristo fue el primer gran revolucionario de la Historia, enfrentaba a los poderosos, estaba con los pobres, con los necesitados. Y Carlos tomó eso para su vida. Tenía en Cristo el ejemplo de lo que él quería ser.” Recordó la tarde en que Mugica mandó al carajo al mismísimo cardenal Aramburu, los temores de su amigo ante las amenazas. Fue así como Capelli lo acompañó a ver al Nuncio. Durante diez minutos caminaron bajo los árboles de los jardines de la Nunciatura mientras Mugica le pedía: “Necesito que me protejan, me están amenazando, me van a matar.” Fue así, recuerda Capelli, “que llegando a la puerta, el Nuncio le dijo ‘Hijo mío quedate tranquilo, vamos a ayudarte, te vamos a proteger, vamos a rezar por vos.’ A los pocos días lo mataron. Ese señor era Pío Lagui.” Agregó: “Carlos no dio la vida por nadie, creo que nadie se suicida cuando persigue un ideal, quieren vivir para lograr lo que quieren. Él estaba enfrentado a la Iglesia y a los poderes, a él le quitaron la vida, lo mataron para que no jorobara más. Y la iglesia fue totalmente cómplice de la muerte de Carlos.” Capelli, al cerrar su participación, señaló: “Quiero decir un sueño, trasladar lo que sería ‘la bestia’, hoy. Carlos estaría, sin dudas, apoyando a ultranza a nuestra presidenta Cristina Kirchner. Me diría ‘esta mina va para el frente’.”
Mugica fue homenajeado en Recoleta, cerca de donde nació, más cerca aun de la Villa 31, donde militó con su evangelio junto con los pobres. El viernes, Bresci definió: “Podría haberse quedado en la Arquidiócesis de Buenos Aires para hacer una carrera que tenía alfombrada. Él fácilmente podría haber llegado a ser obispo.”
Mugica eligió otro destino.
Murió acribillado, en Mataderos, en una camilla fría, de metal, en la guardia del hospital Salaberry. Afuera, esa noche, esos días, sus hermanos lo lloraban. Hoy lo recuerdan.
No fue obispo Mugica. Cura, sí. Villero y peronista. (Fuente: Tiempo Argentino).
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