“Violar la fe es diez mil veces peor que violar a una hija”, dijo el párroco de Malargüe. Prohibió una canción de Les Luthiers y reivindicó la censura.
Mandamás. El padre “Pato” Gómez interrumpió el Festival del Chivo y prohibió que se cantaran los temas de Les Luthiers. Abajo, escenas de la fiesta popular que, ante la pasividad de las autoridades locales, se vio aguada por la intervención pastoral. “Trata de amar al prójimo. ya me dirás el resultado” Jean-Paul Sartre La intolerancia en la Argentina siempre encuentra un lugar que hace de ella una doctrina. Aunque algunos traten de disimularla, tarde o temprano los dedos inquisidores mueven las cenizas que reencienden el fuego de las hogueras. Dos años atrás, esta revista dio a conocer a un personaje que salió de las tinieblas en la localidad mendocina de Malargüe. Se trataba de Ramiro Sáenz, el influyente párroco de la iglesia Nuestra Señora del Rosario, dependiente de la Diócesis de San Rafael. Quien acabó por erigirse en el Torquemada de la población después de censurar la proyección del film Ángeles y demonios –basado en el libro homónimo de Dan Brown y centrado en una disputa de poder entre los representantes de la ciencia y la fe–, de levantar una campaña contra el sida, de negar la existencia de treinta mil desaparecidos y de vetar, durante 2004, la visita de artistas populares como Víctor Heredia y la banda Bersuit Vergarabat, entre otros. En aquella oportunidad no se trató de un hecho aislado. Lo que sucedió el último viernes 14 de enero, durante la Fiesta Nacional del Chivo, de Malargüe, tampoco lo fue. A tal punto que una simple canción humorística, interpretada por el grupo Coral Lutherieces, terminó en un acto de censura. Los atónitos 8.500 espectadores no comprendían qué era lo que hacía el cura Jorge Gómez –dependiente del párroco Sáenz– al interrumpir la canción “Educación sexual moderna” (de Les Luthiers, ver recuadro). Las dudas del público se disiparon pronto. El padre “Pato”, como lo llaman en el pueblo, le arrebató el micrófono a uno de los artistas disfrazados con sotanas franciscanas y ordenó: “Por favor vamos a pedirle al grupo que continúe con otro número porque somos católicos. Soy sacerdote y no voy a permitir que ensucien mi castidad. Disculpen muchachos. Sé que lo hacen con cariño. Sigan con otra cosa”. (Fuente: Revista Veintitrés).
* La nota completa en la edición impresa de Veintitrés.
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